Sobre el fanzine de Pablo Benavente: corazones de asfalto

Crepúsculos de muchacho eléctrico 
una bandada de ojos
oh qué lejos
nubes vendidas al mejor postor
en los escaparates ciudadanos
es todo igual
y siempre habrá cerveza en tus cabellos...
EDUARDO HARO IBARS

I

_^]+[^_Agarras el teléfono. Quedas con Pablo a través de Instagram: os veréis en la salida de la boca de metro de Moncloa, a las seis de la tarde, en un martes o un miércoles caluroso de primavera –ya no recuerdas el día exacto, pero eso no importa–. Al momento, llega conduciendo una bicicleta bien preparada para el agitado pedaleo entre el asfalto y los adoquines. Así, hace un movimiento con el torso, te saluda con amabilidad y tiende sobre tus manos su interesante recolección de poesía urbana, toda ella confeccionada mediante el ensamblado de papel cartulina y papel mate a partes iguales, toda ella amorosamente grapada mientras se dibuja una suerte de óvalo a raíz del epicentro de su canto inferior y superior. No obstante, la aventura no acaba en ese momento. Te percatas de algo más: Pablo ha introducido su fanzine en una bolsita de plástico con autocierre del Carrefour. Sellados con cuidadoso hermetismo, escuchas a los poemas lanzar gritos y gemidos infrasónicos desde las entrañas del poliuretano, desde las entrañas de la resina ultraprocesada hacia el más allá burbujeante e inconexo de la ancha avenida. Después, hablas un rato con él sobre la vida y sobre la poesía –eso no puede faltar: son casi sinónimos– y al fin te despides: tú te vas hacia el metro para sufrir los puñetazos hediondos de la cerrazón; él, en cambio, retoma su rumbo pedaleante entre los automóviles grasientos de Madrid para hacerle llegar a alguien más, o a alguien menos, otro ejemplar de su nuevo hijo. Te pones los cascos, coges el móvil y… ¡vaya!, detrás de la funda aún tienes el dinero que hubiera costado el fanzine: ¡no has pagado a Pablo! Te avergüenzas mucho por tu despiste, pero no pasa nada: Sociedad de Procedimientos de Pago S.L. creó Bizum para que, en este preciso instante ya preconizado por ellos seis años atrás –en 2016–, pudieras entregarle cibernéticamente a Pablo los cinco euros que ahora, en algún día de primavera de 2022, le debes. Quizá, cuando realices la transferencia, Bizum dejará de existir (se apagarán todas las pantallas del mundo, se cancelará la aplicación en todos los dispositivos móviles de la Tierra, todos los bancos quebrarán en bolsa a la vez debido a las pérdidas desmesuradas y a la dificultad para efectuar los traspasos, Juan no recibirá el dinero que le dejó ayer al Kake –su mejor amigo– y nunca sabrá por qué: los dos se enfadarán y jamás volverán a hablarse); Bizum dejará de existir, pues su único cometido ya habrá sido satisfecho: que le pagues a Pablo esos 5 olvidados euros a cambio de su magnífico fanzine. Todo esto es muy probable y sabes que sucederá con total seguridad, pero no te importa lo más mínimo. Abres la bolsita y hueles los poemas del fondo: su aroma se asemeja al de los claveles pixelados.

II

:]_Tras la introducción narrativa sobre cómo me hice con el fanzine de Pablo Benavente, llega la hora de la verdad: he de filtrar a través de las rejillas afiladas de la digresión analítica toda la poesía que mis ojos, mi cerebro y mi afectividad han captado durante algunos fértiles segundos. Para comenzar, diré que el fanzine de Pablo Benavente rebasa los límites del hecho escritural o lírico, ya que su condición física de objeto palpable y corpóreo se imbrica directamente con los contenidos literarios y fotográficos que entraña. De esta manera, apreciamos un objeto-continente que, mediante las ideas vertidas en los diferentes poemas (en concreto son doce), fotos o grafitis, se ve resemantizado e interpretado como un componente más del hecho artístico. Por ello –y por la condición marginal de este tipo de publicaciones precarias– no posee título: en vez de un nombre que lo singularice y una editorial fuerte que lo avale, vemos en sus carátulas la repetición ad infinitum de un viejo billete de metro –de esos que desaparecieron en el 2018–. Esta actitud también se refleja, como ya hemos dicho, en las composiciones textuales: «no quepo en vuestros planes / tan rectos y derechos / a saber qué será de mí en un tiempo / no sigo ningún cauce / no crezco en ningún tiesto» (en “Silvando”).

::]]__Pablo Benavente apuesta, de manera voluntaria y consciente, por una postura existencial limítrofe y en constante cambio y movimiento: situación que le empuja a rechazar cualquier tipo de enraizamiento en el mercado editorial, hoy tan ultrajado por los intereses comerciales económicos de unos y de otros y de otros y de otros infinitos, ¡infinitos! Contra todo esto, Pablo alza la voz sin descanso aunque sigilosamente: prefiere construirse un espacio propio de desenvolvimiento literario-vital antes de que ejecutivos, editores o agentes librescos varios empiecen a dictarle las directrices de su singular destino. No: la aparición de los viejos billetes de metro en las carátulas posee una importancia capital a la hora de comprender esta pequeña antología, pues nos remite al tópico del homo viator, ese ser que está en continuo movimiento, siempre andando por caminos –o pedaleando por las calles madrileñas–, siempre dueño de las riendas salvajes de su existencia ínfima, siempre sin hogares en que caer o morir por imposibilidad o por puro placer autodestructivo, por reivindicarse como un eterno nómada en un mundo donde lo quieto acaba necrosado, muerto o desintegrado; donde no es posible el reposo de los huesos, de los músculos y de los lóbulos cerebrales: Tierra cibernética que nos arrebatas la quietud, Tierra cibernética que nos arrebatas los bancos de los parques.

:::]]]___De hecho, el primer bodegón fotográfico (hay cinco), cuya autora es Manuela Orden (autora también de los demás), nos habla acerca de eso: sobre un fondo blanco que nos remite a la desnaturalización urbana del espacio común del parque, observamos un banco vacío con unos cordones policiales circundándolo –circunstancia bastante chistosa, por lo ridícula–, como si, debido a alguna razón que no conocemos, las autoridades estatales nos hubieran quitado la posibilidad de hallar un momento de silencio y serenidad rodeados de fauna y flora ajenas al contexto de la polis. Detrás de la sugerente fotografía –y detrás de un grafiti que reza «odio lo que soy si me pienso a contraluz»– surge el poema “A todos los parques”, de donde rescato los siguientes versos: «y justo al otro lado de las vallas / los coches son por un segundo luces / y por todos los lados te acorralan / los edificios altos. no hay estrellas / y lo único que brilla algunas veces / son helicópteros que sobrevuelan». En este fragmento, compuesto por tercetos encadenados en asonante, se expresa lo que parece ser una ilusión o un sueño que, entre los estímulos distorsionantes de la fauna y la flora urbanas, el yo poético parece experimentar: por un breve segundo ha creído que las luces de los coches y de los helicópteros, artificiales y cegadoras, eran las luminarias de las luciérnagas o del ocaso, del sol o de las estrellas en medio de una prado verde cerca de un riachuelo. Sin embargo, no: le es imposible contemplar las beldades de la naturaleza, concentrarse en degustar con pausa los trinos de los pajarillos o el rumor incesante de las aguas; no: la ciudad destruye la quietud y la aprehensión del entorno, te aliena y acaba condenándote a pasar por los espacios públicos con la fugacidad de un cohete psicodélico. He aquí un ser urgido por el movimiento rápido que no acaba; he aquí, pues, el homo viator de la fatalidad.

::::]]]]____((((––––Y por eso cuando el yo poético se «piensa a contraluz», en el banco de un parque, comienza a odiarse: la ciudad le ha calado hasta los huesos, se ha introducido como sustancia conformante en su genoma. Sería más disfrutable palpar los árboles, las flores y las brisas, pero él ya está muy alejado de eso––––)))).

III

:]_Ya he mencionado que la imbricación entre los poemas, las fotografías y los grafitis es total: por ello, en ese apartado analizaré dos manifestaciones artísticas ajenas a la literatura pero que, desde su origen, se relacionan íntegramente con ella. En el final del fanzine vemos una fotografía curiosa: un edificio gigantesco, una inmensa mole de hormigón armado, nos escupe en las retinas con su inconmensurable enormidad gris. La pieza visual está tomada en plano contrapicado: nosotros miramos hacia arriba a la imponente mole, id est, nos empequeñecemos ante la magnificencia de tal estructura arquitectónica, pues ella está muy por encima de nuestras humanas posibilidades y es muy superior a nosotros en todos los sentidos. Cabe resaltar que la misma perspectiva se ha usado, durante toda la Historia del arte, para retratar a diferentes dioses –los pantocrátor de las iglesias medievales–, personajes míticos –recordemos el David de Miguel Ángel– o líderes políticos de gran calado. En este caso, es un enorme edificio de hormigón el que se eleva hasta dicha posición de poder cuasidivino: desde esas alturas él nos vigila, nos azuza y nos reordena a la vez que dirige, con puños de acero, los designios de nuestras vidas. Esa mole de hormigón, símbolo del poder absoluto e histérico de la ciudad por sobre la vida de todos sus enajenados habitantes, impide que tengamos un breve momento de serenidad o quietud: nos obliga a la resignación, a apostar por cosmovisiones siempre cambiantes y en movimiento. En el reverso de la fotografía, leemos el siguiente grafiti: «por si acaso siempre llevo a mano el deseo de ser pájaro». Emerge aquí, de nuevo, la natura junto a sus bellezas: el yo poético, ante la desbordante contemplación del edificio gris, se guarda para sí el anhelo de regresar a la flora, de hallar el silencio y el reposo entre tanto tráfico adyacente; sin embargo, caminamos por los campos transparentes del deseo: aunque el ensueño alivie, la realidad es muy distinta.

::]]__Podemos interpretar este edificio, si partimos desde los últimos versos correspondientes al poema que antecede a la presente fotografía, como la casa desagradable donde, día tras día, el yo poético regresa para advertir su propia incertidumbre: «explorar coordenadas / adueñarse de laderas, de muros, de la noche templada y del mundo / que se besen los adoquines de la calle y tus muslos / y al final, volverse andando» (en “Gris verano”). El sujeto lírico vuelve andando, probablemente, al disruptivo edificio gris –como «gris» es el verano que se experimenta en la urbe– que nos golpea el rostro en la siguiente página. El anhelo por bucear en un estío lleno de maravillas naturales sigue intacto: el grafiti postrero así lo atestigua.

:::]]]___(((–––Ahh, se me olvidaba: el hecho de que el fanzine venga dentro de una bolsa de plástico con autocierre del Carrefour, más allá de ciertas cuestiones pragmáticas, quiere decir que la poesía {la de adentro de } es un producto más, o una excrecencia más, de los efectos colaterales de la vida en la urbe. Debido a la resemantización de la plataforma material donde se imprimen fotos y poemas, el estado y la presentación de la misma no es baladí: adquiere asimismo matices de sentido, por muy ocultos que estén–––))).

IV

:]_Ya lo habréis notado, queridos lectores, pero he de subrayarlo: el yo poético de Pablo Benavente es un sujeto itinerante y nómada. Lo veremos en caminos polvorientos, en paseos –menciono aquí el magnífico romance, construido mediante una enumeración caótica muy whitmaniana, “XXI back home walking”–, en trayectos de ida y vuelta hacia los recuerdos que agonizan o inmerso en una continua búsqueda de las relaciones interpersonales más íntimas, que por desgracia siempre se tornan complicadas en el devenir de los poemas. El yo poético es un sujeto itinerante y nómada: veamos a continuación cómo afecta este rasgo a la idea de amor que se desarrolla en los textos.

::]]__Leamos los siguiente poema, titulado “Una y media”:

por la cuesta inclinada se os caen los pasos
la boca del metro está al lado del río
si no nos damos prisa no llegamos
pitan las puertas del vagón
te brillan los aritos
justo entras

no quiero llegar a la parada que nos toca
oír tu voz con el ruido del túnel de fondo y a la vez
ir mirándote la boca sin que te des cuenta me gusta

al salir tenemos cuidado para no introducir el pie
pero correr
por el andén en manada

::]]__Quizá estemos ante una de las composiciones más representativas de la temática principal del fanzine. El poema comienza referenciando una situación de movimiento donde el yo poético itinerante está acelerando la marcha –o incluso corriendo– para llegar, cuanto antes, al transporte público, pues la hora apremia: «por la cuesta inclinada se os caen los pasos». Esa «cuesta inclinada», a su vez, provoca que dicha aceleración y movimiento apresurado sean más costosos y aeróbicamente agotadores: podemos interpretar dicha situación dificultosa como un preludio de lo que el amor, en su problemática e imposible culminación sexual[1], produce en los cuerpos según la nematología de los textos: un dolor psicológico y físico que conduce al cese u olvido de la relación. En el segundo verso destacamos la proximidad entre la «boca del metro» y el «río». Como ya hemos comentado en esta reseña, la contemplación de la naturaleza juega un papel esencial. En este caso, el hecho de que «río» y «boca del metro» estén en un mismo golpe de vista no es un dato irrelevante, ya que será en el interior de un vagón (cronotopo base) donde el hablante del poema halle un mínimo momento de pausa para observar con deleite y silencio, en los versos sucesivos («no quiero llegar a la parada que nos toca / oír tu voz con el ruido del túnel de fondo y a la vez / ir mirándote la boca sin que te des cuenta me gusta»), a una persona desconocida que le ha llamado la atención; persona con la que, a lo mejor, pudiera darse ese amor satisfactorio e idealizado que consiste en la observación del otro como maravilla natural singularizada –como se observan los pájaros, los árboles o las aguas rumorosas de ese mismo «río»–, mas todo el contexto urbano, caracterizado por inducir en las gentes un ritmo de vida vertiginoso y alienante incapaz de ofrecer descanso, quietud y serenidad, impide que tales posibilidades sucedan. Por ello, la última palabra del último verso alude a la masa ingente irreconocible: «pero correr / por el andén en manada». Después de ese breve tramo de tranquila recreación donde la mente del yo poético ha fantaseado con todo lo que le está prohibido sentir o hacer en la ciudad, llega de nuevo la prisa, la carrera, la histeria colectiva por la velocidad sin fin, por presentarse en cualquier ubicación en los estúpidos tiempos prestablecidos: así, el amor que pudo ser y no fue se disuelve como un copo de nieve sobre la lava; ya todo lo singularizado se des-singulariza, todo lo observado se transforma en una mera panoplia de rasgos y colores faciales que pasan por la memoria como un tren de alta velocidad. De esta manera, tanto el yo poético como la persona observada se introducen en la masa de la «manada», desdibujando sus identidades y sus voces hasta los límites más destructivos. ((–La pieza lírica viaja desde la singularización a la disolución colectiva-informe de esa singularidad–)).

:::]]]___¿Qué es, entonces, el amor? Citando a Sor Juana Inés de la Cruz, podríamos decir que «es un vano artificio del cuidado, / una flor al viento delicada […] / es un afán caduco y, bien mirado, / es cadáver, es polvo, es sombra, es nada». El amor, deformado por la angustiante existencia en la ciudad y por sus pormenores ácidos, se metamorfosea en una oportunidad de destrucción mutua para los individuos; deviene, pues, en esto: «apple buddha louis vuoitton / pikachu hulk instragram / tripadvisor donald trump / heineken y dominó / silver redbull faraón / tesla fondo de bikini / don perignom mitsubishi / phillip plein diamante y love» («Trampas»). El amor, ahora, es una mentira que promete divertimentos y placeres perpetuos sin conseguirlos en absoluto; el amor, en el cibernético y urbano siglo XXI, es una ramificación más del exacerbado consumismo capitalista que funciona en las economías de mercado pletórico: háganse los prodigios del comercio emocional múltiple, dijeron algunos. Eliminada la concepción ideal de amor[2], sólo queda la resignación y la amargura en los sujetos operatorios: haciendo gala de la hidroponía que les han impuesto, vagan de aquí para allá de una calle a otra, de una avenida a otra y de un genital a otro sin más ambición que el olvido radical y nostálgico de sí mismos. Sus sueños, sus recuerdos y sus anónimas dolencias han de diluirse en la carne ajena: los individuos acceden sin protección a la liminalidad salvaje.

V

:]_Para finalizar, mencionaré tres aspectos del fanzine de Pablo Benavente que, a mi juicio, son positivos o acertados estética y literariamente. /1/ En primer lugar, existe una imbricación total entre el soporte literario (objeto-fanzine como cosa física), los contenidos poéticos y las manifestaciones artísticas disímiles tales como la fotografía o el grafiti. Al estar todos estos elementos muy bien ensamblados y relacionados entre sí, el resultado es una pieza libresca única y muy especial con una coherencia nematotecnológica destacable. Como vemos, de nuevo la literatura no contiene formas huecas: en nuestra disciplina, tanto lo externo como lo interno posee significación y sentido. //2// En segundo lugar, quisiera subrayar el empleo de metros clásicos: Pablo Benavente emplea redondillas, alejandrinos y romances, pero lo hace de una manera renovadora y nueva; inserta en ellos palabras, conceptos e ideas que pertenecen a la más inmediata realidad de hoy, produciendo, por tanto, poemas que, sin dejar de ser muy modernos, no le dan la espalda a la tradición poética. La utilización de metros y estrofas clásicas, ¿no es una estrategia poiética otorga tranquilidad y quietud al poeta urbano? Quizá sí: dejo esta reflexión en el aire. ///3/// En tercer lugar, el poeta trabaja con inteligencia el lenguaje coloquial, extrayendo de él su poeticidad inmanente y velada. En “SDAR” se aprecia muy bien esto. No digo que Pablo use el lenguaje de la calle como los poetas de la experiencia, no. Para él, dicha búsqueda es un camino de investigación estética más: el joven poeta reconstruye el lenguaje cotidiano desde dentro para exprimir sus jugos y acceder a lo lírico; mientras, los poetas de la experiencia hacen de la coloquialidad un fin en sí mismo que acaba empocriendo los poemas tanto en formas como en contenidos.

::]]__((––Ahh, se me olvidaba: también quiero mencionar que la tipografía del fanzine es una arial básica y plana. Esto también es importante, pero, ¿por qué? Os dejo esta pregunta sin responder por si os interesa darle vueltas a la materia gris. ¡Un saludo!––)).

_________________________

[1] Esta idea se expresa con brillantez en “En la memoria nadie muere”: «vamos a clavarnos las costillas como ciervos, / como coronas de espinas de un rey a otro rey. / aunque no salga sangre – que estamos casi muertos – / prepárate; te va a doler y a mí también».

[2] En “SDAR: secuelas del amor romántico” se retrata a la perfección esta especie amorosa. En dicho poema, además, el hablante lírico admite su propia incapacidad para dejar de soñar al igual que para deconstruirse: la impotencia frente a los propios planes a futuro, a pesar de la férrea voluntad que se pueda atesorar, es otro de los rasgos del sujeto itinerante urbano. A partir de aquí, sólo quedan dos opciones: resignarse y aceptar el vértigo y la incertidumbre asimilando la impotencia como algo positivo (se realiza en algún poema); o, por el contrario, luchar contra ello.

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