[Anticafé – JMD-03202014]

Después de la amistad, quizás el hielo.
Después de la literatura, quizás la niebla
ARNALDO TRIGUEROS-FOÍOZ

(((/۩≈→۝Ɐ)[††](Ɐ۝←≈۩\)))

Sí, por favor, dos cocacolas para nosotros. Pues nada, me alegro mucho de que hayas venido. Si te digo lo que me pasó la semana pasada, flipas. Ya te comenté que llevo como dos años sin ver a mi amigo Josemi. La verdad es que no sé por qué, pero hace muchísimo que no le veo ni el pelo. Entre que tengo un nuevo trabajo, que a él le trasladaron del suyo a otra zona distinta y que anda además con los trescientos líos de la universidad, ya nada de nada. En fin… es una pena. Bueno, pues hace como un mes empecé a hablar de nuevo con él por wasap: que si qué tal tus padres, que si qué tal tu novia, que si qué tal tu abuela…, vamos, lo típico. Estuvimos largo rato contándonos nuestras cosas y todo genial, como antes de que nos desconocieran. Al final, le dije: ¿por qué no nos vemos el jueves, a las siete, en el Anticafé, y recordamos los viejos tiempos? Él me respondió que perfecto, que le encantaría tomarse una cocacola conmigo. El jueves llegó. Las siete llegaron. Yo me senté en esta misma silla y empecé a hojear un libro que le había comprado como sorpresa para nuestro reencuentro: se lo quise regalar porque él, hace bastante, me dio repentinamente una de sus ediciones favoritas de las poesías de Francisco de Aldana, en concreto la anotada e introducida por Elías L. Rivers en Espasa-Calpe, del año sesenta y seis. Una joya intonsa, te lo juro. Yo, teniendo en cuenta las circunstancias, tuve a bien corresponderle con una edición de la misma editorial: elegí La Araucana, del cuarenta y ocho. Mientras pasaba y pasaba las páginas, llegaron las siete y media; después, las ocho; más tarde, la ocho y media; y más tarde aún, las nueve, las diez, las once, las doce… En la espera infinita yo le fui mandando mensajes para ver si había un atasco o qué, pero silencio, silencio. No me contestaba. Parecía haberse esfumado. A la una ya era yo un manojo de nervios en combustión, pero allí seguía esperando por si acaso llegaban noticias suyas: me dolían los brazos de sostener el libro, las muñecas de pasar las hojas, las piernas de tenerlas flexionadas bajo esta silla enanísima… mi cabeza tropezaba entre las octavas reales como un pedrusco cayendo desde lo alto de un barranco, y mi amigo Josemi seguía sin aparecer. Bien, pues poco antes de que cerraran el local, fíjate, entra un viejo muy muy despacio, tímido, con aspecto de vagabundo, y se viene directo hacia mí: se sienta en la silla en la que estás tú ahora mismo, me mira fijamente con unos ojos como recién sacados de las bolsas de basura de la esquina, y me salta: /qué coño lees con tantos sudores/. Le respondo: La Araucana, relájate. /Y por qué lees eso/. No lo leo en realidad, sólo estoy esperando. /A quién esperas/. A ti qué te importa. /Yo leí La Araucana hace décadas. No sé si sabes que la historia de Tegualda es cierta. Una traductora llamada Farigualaz se la contó a Ercilla alrededor del año 1552, en lo que hoy se conoce como Copiapó. Se dice que Ercilla estaba triste por una cosa injusta que le pasó con no sé quién, no me acuerdo, y por eso la puta india le contó esa historia para intentar darle consuelo o empatía o vete tú a saber, y luego él la introdujo en eso que tienes entre las manos/. Así hablaba el tío, soltando más escupitajos que insultos. Con unas pupilas mugrientas y con un olor de sapo putrefacto saliéndole de la boca, me contó cantidad de informaciones sobre La Araucana. Aunque fuera un hijo de perra, era una enciclopedia con patas. A la una y media salimos del Anticafé porque siempre cierran más o menos a esa hora. Me acompañó hasta la entrada del metro de Ópera y seguimos hablando y hablando: me acabó cayendo muy bien a pesar de la impresión primera. Al llegar a las escaleras del metro, se recogió las greñas blanquecinas con sus dedos huesudos y me dijo: ¿por qué no me das tu número y vamos hablando? Y yo le di mi número. Fui gilipollas. Acto seguido, como si le hubiera poseído el demonio, me arrancó de cuajo La Araucana, se bajó un pelín la bragueta, mostró su polla lánguida, correosa y minúscula, abrió por la mitad el libro y orinó profusamente en la superficie de las páginas como si llevara cinco años sin entrar al meadero. El chorro salía a tal presión que perforó la carátula. Hecho esto, se bajó los pantalones y también cagó fuerte: su ñorda relucía encima del canto veintiuno como un galeón de bronce sobre el oleaje amarillo de un lejano mar. Todo lo hizo con velocidad de vértigo: entre mi shock y su rapidez, no pude reaccionar en el acto para frenarlo. Pero qué cojones haces, imbécil, le grité. Él se rio enseñando sus dientes infestados por trescientas caries, se palpó las arrugas del pescuezo y se fue corriendo entre la gente que había, que era poca pero estaban todos alucinados. Ojalá le hubiese podido revent…, y… bueno, sí, a lo que iba: el tío me empezó a enviar a las cinco de la mañana audios y mensajes por el móvil. Míralos, aquí los tienes.  

*       *       *

Es el olvido. Es el azufre. Es el silencio. Ahora mismo estoy tumbado en la cama de matrimonio (alquilada) de mi piso diminuto (alquilado) a la vez que siento una extrema picazón por entre los pelos de las piernas (como si una chinche me clavara sus mandíbulas en todo lo húmedo del hueso) bajo el nórdico ardiente que me cubre; mientras, hago bruscamente un tremendo nudo, monstruoso e inextricable, con mis propias tibias –esas que, in illo tempore, me sirvieron para robarle la pelota a algún delantero paticorto de tercera regional, o a cualquier muchacho sonriente que jugara al fútbol en el Parque del Olivarejo– |ahhh días como hoy de hace más de setenta años|; mientras, pienso en la estupidez terminal que representa mi estado, mi disposición oblicua y atravesada en esta ciudad |Madrÿz| oblicua y atravesada y atravesada y atravesada en cuyas aceras fluye el áspero olor de los orines y en donde proliferan, como amapolas o nubes del estío, las ñordas más furiosas y palpitantes de esos tristes perros urbanitas con camisetitas y zapatitos y correítas azules; como digo, pienso en la estupidez terminal que representa mi estado: no hago nada más que fornicar con la literatura como un loco sin destino y sin raíces, como un prostituto-autómata con sífilis que usa viagra, como un soldado envilecido por la barbarie | por los obuses | por los intestinos colgantes desmesurados de los verbos | los sintagmas | las vocales abiertas y abiertas y abiertas de un grito perpetuo y perpetuo y perpetuo; no hago nada más que clavar un estoque de ira en la carne candorosa de mis memorias inútiles, de aquellos momentos distantes y distantes y distantes y distantes y distantes y distantes, yuxtapuestos a la acidez insoportable del hoy y del hoy y del hoy, pues no eran nada más que verduras fugaces de las eras o modulaciones-límite de un futuro que no estaba esperándome detrás de las montañas de otro reino: el provenir no me fue propicio en el revés de las camisas, los calzones, los trajes, las corbatas suntuosas del Primark o del Bershka; en el revés de ese entusiasmo ÿdÿlÿkô que hacía danzar –todas las ridículas mañanas, todas las ridículas tardes– a cada una de las clavículas que habitaban mi desgastado esqueleto de cartón-plástico. Ahora mismo estoy tumbado en la cama de matrimonio (alquilada) de mi piso diminuto (alquilado); y es el olvido, y es el azufre, y es el silencio. {             }.

*       *       *

¿Y qué más quieres que cuente…? Quisiera escupirte |tfu|tfu|tfu| hasta atravesar tu cráneo con la fetidez inaguantable de mis babas corrosivas. ¡Hace tanto, tantísimo que he cambiado los restregones del cepillo de dientes por frotarme las muelas con unos pedazos de paja fresca y olorosa y bien mullida, de esos que se quedan como olvidados y ausentes en el morro viscoso de las lentas vacas de los valles! ¡Hace tanto que mis pezones ya no sienten el humo desesperado de los taxis al atardecer! Es el olvido. Es el azufre. Es el silencio. Y no entiendo este ánimo de medrar como un virus que todo lo revienta: yo jamás te pataleé los ganglios con mis botas de cobre, jamás acudí a las catedrales para recibir el agua bendita de los obispos versualosos, jamás le dije nunca a mi pobre amigo Hossan después de la muerte de su abuela maltratada por el cáncer, jamás me comí un pedazo de ladrillo con tomate a la parrilla, ¡jamás; jamás; jamás! No sé por qué ahora mencionáis a Andrés Galante y su pútrida poesía-escuela de alcantarilla feudal mugrosa pseudointelectualoide, no sé por qué este afán de pisarle los testículos con un tacón de acero a los mendigos metastáticos, no sé por qué no exploto en frente de la lluvia como si mi pecho fuera una bomba atómica de adioses y jilgueros y azucenas, no sé por qué he de beberme mi propia |pasada| ingenuidad cada vez que observo vuestros gloriosos apéndices devastados. Es el olvido. Es el azufre. Es el silencio.

*       *       *

¯\_( ͡° ͜ʖ ͡°)_/¯ Pero todo es una escisión sin bisturíes que la hayan ejecutado¯\_( ͡° ͜ʖ ͡°)_/¯. Yo estoy encerrado en la anestesia: un tubo se hunde en mis pulmones como las raíces de las secuoyas, de los abetos; como las raíces de un dios desconocido que se infiltra suavemente, mansamente, en la sagrada piel del bosque; y no he de sino chillar en mitad de la inacción, en mitad del dolor megalítico que me invade la tráquea, en mitad de la ausencia que me calcina los labios. Estoy aquí ( ͡° ͜ʖ ͡°), flotando en un mar de guantes de látex y luces lechosas y ácidas. Todo es una escisión (ᵔ̃ ‿‿ᵔ̃) sin bisturíes que la hayan ejecutado: escisión en mi espalda, en mis tripas, en mis córneas【°̃ ͜ʖ°̃】, en mis sábanas, en mi colchón, 【°̃ ͜ʖ°̃】en mi almohada, en mis paredes, en mi cazuela, en mis párrafos, en 【°̃ ͜ʖ°̃】mi camisa, en mi acera, en mi casa, en mi calle, en mi barrio, en mi ciudad, en mi 【°̃ ͜ʖ°̃】país, en mi bastardo universo; todo es una escisión, una raja brutal sin bisturíes que la hayan ejecutado; y por ella no emana sangre ni linfa ni existencia, sino que el nombre de un poeta es arrojado a la intemperie a su través, trémulo ojeroso y desprovisto de alimentos; sino que las letras de un sustantivo propio, (.ᵔ̃ ͜ʖᵔ̃.) y de cualquier sustantivo propio, son abandonadas a la suerte canalla y canalla y canalla de los siglos: por eso tú, amigo, también fluyes desde mi raja (.ᵔ̃ ͜ʖᵔ̃.) turbulenta y porosa, por eso sales y sales y sales y te sientes desahuciado como un conejo con tomatosis al que le acaban de aplastar el encéfalo: en este instante, ahora, en este mismísimo instante le están desgarrando la pellica para el después, para el después, para el recǿnditø y áridø y candente después¯\_(^_^)_/¯.

 *       *       *

Son las 4:52. Mañana me levantaré a las 9:00 y empezaré a escribir una reseña exegética minúscula inútil –y vomitada hasta la saciedad– sobre la poesía de un autor chileno ||dolor de cabeza | pesadez en las sienes | aguas fecales por el paladar|| que nadie va a leer, que nadie conoce realmente, pues yo mismo me encargué de metamorfosearle la identidad hace ya más de setenta años [>>> )–|–( <<<]. La gente cree que se llama como dicen los monográficos eruditos o la Wikipedia, mas esto no es así. Su nombre real es Gwihsljamwjhs-Tajknhapthups-Ajhnthewyhjiajk, y no procede de tal país conosureño, sino del planeta JMD-03202014, ubicado en torno a la sexta estrella de la constelación de las Pléyades (sector orbital A-X/0.179.64). ¡Una vez recibí una carta suya! En ella argüía que el mundo necesitaba una exorcización general –esto es, global– urgente, y que él la llevaría a cabo con generosidad si los humanos publicaban y difundían sus versos. Yo, aterrado, cogí los manuscritos que me remitió, y, ayudado por una pequeña editorial iquiqueña, los difundí con un pseudónimo muy muy muy común con el fin de no levantar sospechas. (Atención: lo único que voy a decir es que su segundo apellido |inventado por mí| comienza por la C. Adivina si puedes). Pero… //…pfff…// ya me voy a dormir. No tengo ganas de más cháchara sin sentido, de más charlatanería y charlatanería y charlatanería por habladuría por habladuría y por habladuría. A la vez que cierro los ojos, escucho a un cura católico por YouTube: afirma que los próximos tiempos van a estar repletos de pecados y miserias, y que es menester, por ello, una gigantesca y universal purgación para que Dios no se encolerice, para que Él no nos arrase con su dedo cósmico de magma. Un politólogo marxista-heterodoxo sentencia lo mismo, pero con un tono mucho más risueño: ¡dentro de dos años nos vamos a divertir muchísimo!, ¡llegan épocas moviditas moviditas, mis camaradas! Enclaustrado entre sábanas empapadas por mi propio sudor nauseabundo y senil, aún espero la exorcización prometida por Gwihsljamwjhs-Tajknhapthups-Ajhnthewyhjiajk. No obstante, el Papa acaba de anunciar que el día 28 del presente mes, alrededor de las 15:00, irá a la frontera sujprahí para abrir los brazos en cruz y chillar como un esquizofrénico ante una flota de cien mil cazas que dispararán millones de cañonazos de plomo {}sin misericordia{} bum-bum-bum-bum-bum-bum{} contra su arrugado e indefenso cráneo (quiero decir que esto me inocula cierta esperanza). En fin… aún espero la exorcización prometida por Gwihsljamwjhs-Tajknhapthups-Ajhnthewyhjiajk: ¡que acaezca yaaaaaa, jodeeeeeer! (((Es el 000lvid000))).(((Es el azufre))).(((Es el silenci000))).

*       *       *

¿Erehhhhh tuuuuuuuuuuuuuuuuhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh???????????, ¿erehhhhh tuuuuuuuuuuuuuuuuuhhhhhhhhhhhhhhhhhhh??????????? Me escribía que estaría leyendo a Ercilla, tan callando, en una cafetería, en una barbería o en un bar bajo los carámbanos de cieno y agonía de la noche. Eso me escribía. Tienes que ser tú. A MÍ NO ME PUEDES ENGAÑAR PORQUE CONOZCO TUS EXPRESIONES DESDE HACE MUCHO. Sé que lo ERES. Me pediste que destruyera primero todo lo ESCRITO, y eso he hecho a lo largo de todos estos años. Y luego, a difundir. Ahora, sálvanos. ¡Sálvanooooossssss!!!!!!! No seas hijo de la grandísima putaaaaaaaaaahhh, ¡¡¡¡¡eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡eeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡eeehhhhhhhh!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡eeeeehhh!!!!!!!!!!!!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡EHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!!

*       *       *

¿Qué te parece lo que me envió el payaso? Menos mal que cuando me duermo, apago el móvil, porque si no… Después de que se fuera corriendo, allí me dejó el regalito. Agarré la jodida Araucana con los dedos índice y pulgar, así, de una esquinita, con mucho tiento, y la metí en una bolsa de plástico que iba volando por ahí. Tuve que hacer un nudo con las asas: lo apreté bien bien, para que no se saliera el olor insoportable a pura mierda. Qué te iba a comentar… ah, sí: que como tú sí que has venido, quisiera regalártela a ti. En los días posteriores a nuestro frustrado reencuentro, Josemi no me respondió. Ya hace una semana que no sé de él: estoy algo preocupado, aunque quizá no debería. A lo mejor simplemente me ha bloqueado o lo que sea, o se arrepintió de quedar en el último momento por causas x o z, y por eso no se manifiesta ni lo va a hacer ya jamás. Por cierto, yo también he bloqueado al viejo asqueroso éste. En fin… aquí la tienes: La Araucana del esforzado Ercilla, en una edición comentada por Dámaso y Amado Alonso (la crème de la crème), con todas sus barbas aún frescas y pestilentes, publicada a cargo de Espasa-Calpe en el cuarenta y ocho (me ha costado un riñón, que lo sepas). Espera espera espera, no la abras aún, cuando llegues a tu casa lo haces y si eso le echas un poco de desodorante o de colonia por encima… ¡Camarero, por favor, dos cocacolas para nosotros, hostias!

*       *       *

Eran las dos y diez de la noche. Un eco como de fino vidrio resquebrajándose, como de litronas cayendo desde una azotea estrellada, le golpeaba en los tímpanos. Eran las dos y cuarto de la noche: el metro acababa de cerrar. Dióse la vuelta: observó, a lo lejos, las luces neblinosas de las farolas, el vapor del día resucitando entre los adoquines, la primera lluvia de enero aún vibrante sobre las alcantarillas. Su rostro se espejeaba en los charcos. En sus botas algo raídas, algo chuecas, se introducían gotitas que se asemejaban a alfileres helados al contacto con la carne tibia de los dedos, al roce de la piel con las plantillas acorchadas. Eran las dos y media de la noche. Había llegado a Sol: la calle Arenal quedaba atrás, atrás, diluida entre las hoces distantes de la luna. En frente, un racimo de ausencia le golpeaba en las córneas: volvía su rostro hacia la retaguardia, como persiguiendo una ruta invisible que él mismo había dibujado en el suelo, como saboreando dulcemente las últimas espumas de su nefasta cocacola. Ya eran, quizá, las tres en punto de la noche. Alguien se le acercaba con lentitud, con extrema cautela, por la espalda: no quería mirar, no podía mirar. Caminaba, pues, como retorciéndose, como si una viga imaginaria atravesara la plaza de edificio a edificio y eso le estuviera dificultando el paso. Con el cuerpo dispuesto en contorsiones inverosímiles, oblicuo, sofocante, con las piernas tuertas y el torso quebrado en su mitad, sintiendo un triste escalofrío y una presencia insoslayable en la nuca, dieron, quizá, las tres y media de la noche en el reloj: las cuatro de la noche, las cinco, las seis, las siete… Es el olvido, es el azufre, es el silencio; se decía. /Es el silencio. Es el silencio. Es el silencio. Es el silencio…/

D. G. L.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: